Party office

Primera parte

Sukubis

Como es habitual, cada fin de año, en las oficinas se organizan fiestas para el personal, con motivo de las navidades y el año nuevo. Cualquier excusa es buena para reunirse, tomar unos tragos y comer juntos. Sin embargo, no siempre está el ánimo dispuesto para fiestas. Con el clima frío y la compañía grata, apetece más quedarse bajo las cobijas.

Así me sentía yo, la otra tarde. Me acababa de bañar y volví al cuarto, te vi acostadito en la cama dando una cabeceadita y me metí sin toalla a tu lado, buscando calorcito, al instante comencé a besarte, con gula. Me apetecía tu boca, chupar tus labios, saborear tu lengua, meter mi lengua en tu boca y que me chupes y mientras, dejarte hacer, con tus manos por mi cuerpo.

- Tengo ganas, te dije, entre un beso y otro. Tus manos separaron los labios de mi coño, comenzando a juguetear con mi almeja. Pero no podemos, cielo. Te dije.

- ¿No podemos?, argg, gruñiste. No importa, yo tengo ganas de follarte las cuatro estaciones del año. Iremos a la fiesta de tu oficina, qué tal si te pones una faldita, pero no llevas bragas y te sientas en mis piernas, así podré… me dijiste. Al tiempo que amasabas mis nalgas.

Fui a vestirme y maquillarme para la fiesta y en efecto, no me puse bragas y escogí un vestido lo suficientemente largo para que no se notara, pero también corto para que pudieras rozarme. Me puse un bra de licra que transparentaba mis pezones y un escote discreto con botones que podía abrir según deseara mostrar, más o menos.

Nos fuimos y ya saliendo de casa comenzamos con jugueteos, tus manos buscando sentirme, mi mano rozando tu sexo provocándote y tu polla dura.

- Todos notaran que vas salido.

- Y será tu culpa, putita. Pero me vengaré y en el primer cuarto con puerta te follo, aunque fuera el de limpieza.

- Me aseguraré de no pasar por ningún sitio así.

- Y yo de cumplir mis promesas…

- mmmm

En la mesa, durante la cena, cruzabas miradas conmigo, hasta que pasamos al salón y cerca de mí me dijiste, ¿recuerdas que te sentarías en mis piernas? Ya sentados, yo en el apoya brazo de tu butaca, tú pasabas tu mano bajo la falda, con cierto disimulo, -no mucho- ya habías logrado levantarla lo suficiente para rozar mis nalgas. Todos hablábamos entretenidos, tú con más dificultad, yo sentía el apuro en la punta de mis pezones, que bajo el bra se marcaban. Tu dedo travieso buscó espacio entre mis nalgas, haciendo erizar mi piel. Volteé para mirarte con una mirada asesina urgiéndote que pararas y tu mirada perversa me hizo entender que continuarías. Bajé la mano a tu entrepierna buscando tus huevos y te los apreté por encima del pantalón. Sonreí, casi podía escuchar tu pensamiento decirme “cabrona” y te dije al oído “cabroncito” y te besé el cuello. Tú me decías pu-tí-ta, remarcando cada sílaba y tu dedo seguía camino, entre mis nalgas. A sabiendas de que no pararías, decidí levantarme e ir al balcón en busca de algo de aire. Vi que te llevaste el dedo disimuladamente a la boca. No sé en qué momento te pusiste de pié viniste hacia el balcón y llevándome a un lado, lejos de la vista general, de inmediato te agachaste y pusiste tus manos en mis caderas apresándome contra la baranda. No creí que te atreverías, mi mirada, nerviosa, se dirigía al salón y a tu boca. Una última mirada y te metes bajo la falda, tus manos palpaban mis nalgas, tu rostro empujó contra mi pubis, hasta sentir tu boca, abrirse paso, primero el movimiento de tus labios chupando y halando y luego tu innoble lengua, serpenteando en la comisura, abriéndose paso. Alcé mi pierna sobre tu hombro, ocultando por completo tu cabeza entre mis piernas y sujetando mi peso en la barandilla de metal. Sabía que nada te detendría salvo mi corrida y tu lengua avanzaba lenta, desesperadamente lenta en torno a mi coño. Como una pelota de golf dando giros antes de caer perfecta en el agujero. La lengua salía entraba, sin afán, jugueteando, haciendo vibrar mi clítoris con su punta.

Intento no perder de vista la entrada del balcón. Me preocupaba que me sorprendieran con un hombre entre las piernas, qué impresión se llevarían de mí. Sin embargo, me excitaba tanto que sin darme cuenta comencé a mecer mis caderas en tu boca, buscando tu boca. Dejaste tu lengua quieta, dejando que yo marcara el ritmo. Escuché ruidos, alguien se acerca, empujé tu cabeza, para hacerte salir de debajo de mi falda, pero tú te adentraste torturándome con tu lengua viciosa, como un oso pegado a un panal. “Nos sorprenderán” te dije,pero con ello no conseguí nada. Mi coño rezumaba jugos, tu lengua se hundía una y otra vez en mí, violando mi intimidad, estaba a punto de correrme, lo sabías, lo notaste en m movimiento nervioso, atrapando tu cabeza entre mis piernas. Tú seguiste, chupando a tu gusto, hundiendo tus dedos en mi culo prieto, apretándome contra ti. – “para ya, cielo” –te urgí. Pero tú continuaste, tu lengua no daba tregua. Parecías decidido a hacerme correr. Apreté mis nalgas para impedir que metieras tu dedo en mi ano y el esfuerzo de la contracción, desató en mí tal reacción, que me corrí de pie, con tu boca pegada a mi sexo y eso dejó que tu dedo accediera a mi culo; yo casi no podía tenerme en pie.

Las voces cada vez más altas o quizás más cercanas. Se acercaba un grupo, se sorprenderían cuando nos vieran así, yo con un hombre entre mis piernas. Te digo, “mi vida para. Por favor”, urgiéndote a salir de entre mis piernas, pero no bajé mi pierna de tu hombro, que se mantiene como lazo cómplice, atándote a mi deleite. Tu lengua lame ahora mis labios… enteros, hinchados. Tu cara salió brillante de entre mis piernas, noté el enrojecimiento de tu boca, y tu nariz y tu sonrisa, que más parecía una mueca perversa. Estabas absolutamente perverso y contento de tu logro.

Respiré con apuro, hondo, llenando mis pulmones. Tú te levantaste y sacudiste el pantalón a la altura de tus rodillas, cuando te tuve frente a mí te besé. Un agradecimiento, un reclamo, la mezcla de rabia, deseo y de esa pasión que sentía. Ese beso y fue visto por los que llegan, dos hombre y una mujer, tres compañeros del mismo piso. La gente, al ver la escena, dudó si irse o quedarse.

 

Segunda Parte


Sukubis

Adentro suena una música suave. – ¿Alguien quiere bailar? Dijiste. Tomaste mi mano y me llevaste a bailar. Pasas mi brazo ensartándome en tu brazo, movimiento que aprovechaste para rozar mi pezón, como al descuido. “sin querer” y pasamos al lado de los tres. ¿Notaste como vieron tus tetas? Me dijiste y yo sentí la humedad en medio de mis piernas. Se notaba envidia en sus caras, quizás trataban de adivinar lo que ha ocurrido en ese balcón. ¿Me concedes esta pieza?, te dije en tono cómplice y divertido y me atrajiste hacia ti y mis senos chocaron contra tu pecho. Al oído te escuché decir: “Delicioso, putita, delicioso bouquet…” Me reí y nos volvimos a besar en la boca mientras bailábamos. Noté mi sabor en tu boca y te dije perversa… “en el parking no te salvas.”

Ni tu culo… añadiste y tu mano se deslizó hasta él con disimulo. – Eres un bixo, te dije con voz provocadora. – Y tú su nido… Me reí, no pude evitarlo y te dije: ¡Eres un poeta!

Reíste a tu turno y dijiste: ¡Soy un romántico!, no puedo evitarlo… Seguimos bailando, un rato, retardando nuestra partida, a sabiendas de las ganas que nos oprimían. Al fin nos retiramos, dando los abrazos, besos y apretones de mano necesarios. Tomamos el ascensor y mi mano fue directa a tu paquete, acaricié por encima y te dejaste hacer, giré hacia ti y volví a besarte y mi mano se metió por dentro de tu pantalón, toqué tu polla, colocándola a mi gusto acaricié tus huevos. Tus manos arrugaban mi blusa y mi falda, buscando desnudarme lo antes posible. Al salir del ascensor aprietas mi cuerpo desde atrás. Jugando a caminar así abrazados.

Hacías ruidos, como si condujeras el auto, al tiempo que conducías mi cuerpo y llevé mi mano a tu sexo. – Eso, tu mueves la palanca, dijiste.

–Ahora, marcha atrás. Ordenaste y me reí.

– ¿Tanto te apetece mi culo? Te pregunté, mientras seguimos caminando…

– Bufff. No te haces una idea, me dijiste.

– ¿Ahora? ¿Te gustaría? Le dije.

Me asiste con más fuerza, restregando tu polla contra mi culo. –Me apetece hacerlo aquí, te dije, en tu auto sentada sobre ti.

–¿Asiento de atrás? Propusiste en el acto.

Mientras abrías el auto atrapando mi cuerpo contra el coche, tu otra mano levantaba mi falda, acariciando mis nalgas. Con mucha dificultad, lograste abrir el coche y entramos. Nos seguimos besando, mientras te quitaste el pantalón, dejando libre tu sexo, te chupé para humedecerlo y facilitar tu penetración y alce mi falda para sentarme sobre ti. Separé mis nalgas y sentí cómo entraba lentamente. Te escuchaba exhalar, a medida que me dejaba caer con lentitud pasmosa. Poco a poco mi ano le abría paso a tu sexo invasor, dilatando a medida que entrabas. Me detuve a sentirte todo dentro de mí. Separé las piernas para acariciar tus huevos, presionados en medio de mis nalgas. Te urgía que comenzara a moverme. Tus manos buscaban mis pezones por detrás… tus huevos a reventar, cargados para mí. Comencé a subir las caderas, para menear tu polla con mi ano, apretando cada vez que entrabas y luego relajando para que bajara por completo.

Tus manos en mi cintura, buscaban controlar mi ritmo, pero me dejaban hacer, torturarte con mi movimiento perezoso, mientras sudábamos en el interior del auto. Volteé la cara hacia ti para besarte, recostándome a tu pecho, para que tus manos se deleitaran con mis senos, los tocaste por encima, abriendo mis botones para tentar mi carne y halar mis pezones, gemí de gusto y reinicié mis movimientos, a veces rápido y a veces lento, sintiendo tus gemidos, tus manos en mis caderas. Sintiendo también el ardor de mi sexo, que clamada por más caña.

Me incliné empalada en ti, buscando con desespero algo en mi bolso, trataste de impedirlo, invitándome a seguir danzando sobre tu polla. Pero seguí buscando, tanteé con la mano en busca de un objeto, algo que saciara ese ardor. De pronto lo encontré, el estuche de regalo del regalo de Alfredo, mi colega en la oficina, saqué con apuro el bolígrafo que me había dado y lo llevé a mi boca, chupando su punta. Viste mi perfil, sentí tu polla tensarse, comencé a moverme de nuevo, sin apuro con un ritmo más constante, tus manos aferradas a mi cadera, sin sabes si me ayudas a llevar tu ritmo o te agarran para que no me separe de tu polla. Llevé el bolígrafo a mi coño, sólo quería algo que llevármelo al coño

- Cabrona, ¿aun quieres más? -Me dices- Excitado al máximo.

- Ssshhhhhh. Te indiqué, concentrada en la labor de masturbarme, mientras tú acompasabas mis movimientos presionando, clavándote hasta dentro.

El bolígrafo daba cuenta de mi coño, empapado en mis jugos, entraba en mi vagina y luego salía hacia mi clítoris, mientras tu polla estaba a punto de estallar en mi culo. Te corriste, presionándome, como si exprimieras tu sexo en cada acometida final hasta perder la dureza. Mi sexo rezumando, caliente, con el bolígrafo dando buen servicio. Te escurriste por debajo de mí, buscando de nuevo mi sexo con tu boca, para rematar la faena. Al correrme jugueteaste con el bolígrafo, lo llevaste a tu boca, te acercaste a mí, como un perrito que trae un palo para que lo tiren de nuevo. Tomé el boli, lo guardé entre mis senos y te dije: “Mi Cielo, ¿nos vamos a casa?” con voz mimosa.

Arreglamos nuestra ropa y nos cambiamos de asiento. Bajé el tapasol en busca de un espejo para retocar mi maquillaje, te miré de reojo, las mejillas encendidas, tanto como las mías, la respiración aun agitada y tu cara perlada de sudor. En ese momento te dije: “Espero que en el camino te recuperes, porque al llegar, querré comer el postre”.