Shibari
Las fantasías, son sólo fantasías
hasta que tocan tu piel.
Parte I
Mi viaje a Japón
Un viaje de negocios me ha llevado a Tokio, varias reuniones, almuerzos y visitas guiadas, me han dejado un tanto agotada, y a la vez ansiosa de conocer algo más. Algo que hace meses deseaba. El viernes por la tarde, ya libre de compromisos, me conecté a mi MSN para contactar a Yuni, un amigo que hice por internet hacía un par de meses. Tal como habíamos hablado a mi llegada, quedamos en contactarnos por internet para vernos y así conocernos. Luego de saludarnos y ponernos al día, me dijo: -¿aun quieres conocerme?
-Claro, le respondí. Dijo que enviaría un taxi a buscarme y acto seguido, me apresuré a vestirme. Casi todo mi guardarropa estaba compuesto de trajes tipo taller, falda chaqueta, blusas de tela ligera y zapatos de medio tacón. Así que fui en falda, sin medias a causa del calor, una blusa color hueso y la chaqueta doblada en mi brazo.
Al bajar al lobbie del hotel, mi taxi me esperaba. Tan pronto el taxi tomó ruta sentí la excitación de lo desconocido, no sabía a dónde iba, si bien había conversado mucho con Yuni en los últimos meses, no sabía dónde vivía, ni exactamente qué hacía o para quien trabajaba. Era una locura, lo sabía, pero luego de saber que iría a Tokio decidí conocerlo y no perder la oportunidad. Antes de irme no le había comentado a Oscar mis intenciones. No sé decir por qué, ya que le cuento todo, pero mi relación con Yuni era algo que le había comentado sin detalles.
Verlo implicaba un riesgo, un deseo de escape, un descontrol. Luego de vivir con Oscar, mi vida no estaba exenta de sorpresas y juegos. Incluso había siempre un halo de misterio que conservábamos a posta, nuestro juego con Ángel, mis escapadas, eran esa parte de mi vida que atizaba la hoguera, un juego de riesgos controlados. Pero esto, iba un paso más allá. Además lo había decidido yo sola, sin Oscar, ni Ángel y me sentía ilusionada… no sabía qué esperar y saborear ese riesgo, volver a confiar en mi instinto, era un vino delicioso, cuya copa no podía despreciar.
Pensando en esto, miraba por la ventanilla. Ante mis ojos aparecieron hermosos parajes verdes, apenas al salir de la ciudad, mil cosas pasaban por mi mente, estaría yo algo loca de encontrarme con un desconocido, en una ciudad extraña. Ni siquiera había tomado la previsión de comentar a Oscar dónde estaría, qué pensaría él si le dijera que iba a verme con un extraño. Y Ángel, qué diría, seguro me animaría a probar la experiencia. Por allí revoloteaba mi pensamiento, cuando de pronto, el auto se detuvo y el chofer me invitó a descender. Una escalera alta, era la entrada a una imponente casa, ubicada en medio de un bosque. Columnas, similares a las pagodas de los templos, decoraban la entrada de la casa. Al final de esa escalera, bajo el arco, pintado de rojo, me esperaba Yuni, vistiendo una tradicional hakama, una especie de bata, confeccionada en seda, y usando en sus pies unas sandalias -getas-. Verlo con este atuendo me sacó, por un momento de onda. Dudé.
Al verme me sonrió y volví a sentirme en confianza, así que subí las escaleras y al llegar lo abracé y le di un beso. Luego de intercambiar saludos, lo que me hizo, recobrar la complicidad habitual, me invitó a caminar por los alrededores de su propiedad. Un regio patio al mejor estilo zen, combinando elementos de manera armoniosa, transmitían mucha tranquilidad y paz. Un pequeño lago se abría paso por el medio del jardín. El silencio del lugar era apenas cortado por el ruido de mis tacones.
Mi vestido de ejecutiva, no iba para nada con aquel lugar, ni eran cómodos bajo el sol del mediodía. En un intento por aliviar el calor me quité la chaqueta, sólo para darme cuenta que la blusa que llevaba era tan ligera que se transparentaba de sudor. Debió ser un buen espectáculo, mi sostén de encaje dibujado perfecto bajo la tela marfil. Sin embargo Yuni, parecía ajeno a ello.
A pesar de haberlo visto ya en fotos me impresionó, era un poco más alto de lo que imaginaba y de no ser por sus rasgos claramente europeos, habría pensado que era oriental. En sus manos un largo collar de cuentas budista se dejaba rodar entre sus dedos, la otra mano la colocaba detrás de la espalda completamente recta, su postura corporal era imponente y su respiración pausada, acompañándome siempre dos pasos por delante, marcaba una distancia a la que yo no estaba acostumbrada. Si su apariencia me causó asombro, más lo hizo el lugar. Era un verdadero espectáculo, ubicado en medio del bosque, la construcción de madera armonizaba perfectamente y los arcos de piedra gris tallados con pictogramas propios del idioma, colocada a la entrada de la propiedad, parecían sacadas de alguna historia budista.
Todo armonizaba menos mi atuendo, cada vez el calor se hacía más apremiante, al punto que pensaba que era una estrategia de Yuni para que me desnudara. Al llegar a su casa, él entró primero, indicándome que me quitara los zapatos, cosa que hice. Sin los tacones, lo veía aun más alto, mis pies resbalaban en el piso de madera pulida… Yuni finalmente se condolió de mí y me ofreció una muda de ropa, cosa que si bien me extrañó, -no entendía para qué tenía ropa de mujer en su casa- le agradecí en el alma. Me di cuenta que jamás le pregunté si era casado o no… por un momento temí que mi escapada, terminara en un banquete familiar. En fin que ya estaba allí y él me condujo hasta una habitación, donde su asistente personal acababa de colocar una hermosa yukata de seda roja, con dibujos de pétalos y flores blancas. Yuni me lo presentó: -Oki Yamuro-dijo en voz baja. Y se retiró.

Ya dentro de la habitación, muy escasa en muebles, sentí cerrar a mi espalda una puerta corrediza con paneles de papel de arroz. Apenas un segundo lo dedique a mirar a mi alrededor y luego respiré hondo y me decidí a desabotonar mi falda, dejándola caer a mis pies, me incliné para recogerla y doblarla con cuidado. Luego me quité la blusa y repetí el proceso de doblarla y dejarla al lado de la falda. Estar medio desnuda en la pieza de alguien a quien acababa de conocer era algo un tanto imponente, me sentía ya un poco infiel al hacerlo, más al sentirme casi desnuda, con la braga y el brasier en frente de aquella bata de seda. Me despojé del bra, el encaje se notaría demasiado bajo la suave tela de seda. Doblé el bra y lo dejé entre la falda y la blusa.
Coloque la bata sobre mis hombros desnudos, el roce de la seda fría sobre mis pezones tuvo un efecto endurecedor, no sé decir si era el fresco o que todo aquello me ponía. Notaba en mis bragas que todo aquello me producía una cierta excitación, la humedad de mi sexo, hablaba por sí misma. No podía negar que el solo hecho de estar allí era ya un anticipo a una velada por demás interesante. Crucé al frente la bata, y la anudé como mejor pude. Decidí recoger mi cabello en una coleta alta, ya que mis rizos en batalla no combinaban nada con el estilo japonés. Ya vestida salí de nuevo al pasillo que conducía a la habitación. Me extrañó ver a Yuni a un paso de la puerta y tuve el impulso de mirar hacia la puerta de la habitación que yo acababa de dejar, en efecto a trasluz habría tenido una vista perfecta de lo que sucedía adentro. Me sentí intimidada, de ser cierto, mi anfitrión sabía ya que sólo llevaba bragas bajo la bata. –Más cómoda -me dijo. Sus palabras interrumpieron mis pensamientos. –Si, dije forzando una sonrisa. –Ven te mostraré mi casa, y diciendo esto avanzó por el pasillo, siempre un paso delante de mí. En determinado momento me detuvo, colocando su mano en mi vientre. Haló con fuerza del nudo que yo había hecho para sujetar mi bata y me dijo, disculpa, has anudado mal la yukata, si me permites lo haré por ti. Levanté un poco los brazos para permitir que lo hiciera. Dejó medio abierta la bata, mientras buscaba la parte media del cinturón, cerró el lado izquierdo, pegado a mi cuerpo, desnudo y el lado derecho de la bata lo cerró hacia el lado contrario, pidiéndome que lo sostuviera con mi mano. Tomó el cinturón y lo coloco estirado por delante y me abrazó para pasarlo por detrás y luego llevar los extremos adelante. Donde los amarró, dando varias vueltas al cinturón a fin de dejar los sobrantes cortos, apenas diez centímetros a cada lado. Se ubicó luego a mi espalda, levantó el cuello por la parte trasera de la bata y verificó los pliegues posteriores, deslizando la palma de su mano por mi espalda. Dio una vuelta en torno a mí y constató que la prenda estaba bien puesta. La proximidad de su cuerpo y su aparente frialdad, me excitaba y me atraía. Aunque no estaba yo muy consciente del efecto total de su influencia en mí, la cual iba en aumento.
Yo estaba algo sorprendida por su trato, tanto que apenas articulaba palabra. Mi mutismo, debió llamar su atención, ya que se acercó de nuevo y me dijo – Tranquila mi linda Su, disculpa mis manias, es que me parece que te verás mejor si llevas esta prenda como se usa tradicionalmente y en efecto te sienta muy bien. Dicho esto, me besó en la mejilla y siguió caminando un paso delante de mí, sin dejar de pasar las cuentas del collar que llevaba en su mano.
La casa Japonesa

Retomamos el recorrido por su casa, nuestros pasos amortiguados por la madera pulida, nos conducían de una a otra habitación, me extrañó la escasez de muebles en las habitaciones, incluso en los dormitorios, Yuni me explicó que la cama, es una especie de colchoneta se extiende sobre el suelo y se utiliza para dormir. Sin embargo, en su dormitorio había una cama muy grande, me volteé hacía él demandándole la razón de esa pequeña incongruencia, con cierta picardía. –No podría renunciar a ciertos hábitos y mi cama es uno de ellos. Podría compartirla contigo, si lo deseas. Me pregunté si eso era o no una propuesta. Dentro de mí la vocecilla de Ángel hablaba en mi cerebro “este tio no pierde tiempo, te va a follar”, “sabe que no tienes sostén”, “este quiere follarte hoy”, “apenas la braga bajo la bata, lo tiene claro”.
Al ver mi expresión, Yuni se apresuró a corregir: – me refiero a que si lo deseas, te cedo la cama. Me reí, soltando una carcajada, si él supiera por dónde iban mis pensamientos. Continuamos por la otra ala de la casa, vimos varias salas, una de ellas era el comedor, conservando el mismo estilo que el resto de las habitaciones, apenas se distinguía por que la sala era dominada por una mesa casi rectangular, sin asientos, la sala de estar, por el contrario estaba formada por una chimenea central y una serie de asientos en torno a la chimenea, a un nivel más bajo que el suelo. Muy acogedora e intima. Pero lo que más me gustó, estaba al fondo de la casa, era una gran sala, prácticamente vacía a excepción de un estante de madera, dónde descansaban una serie de bastones y katanas usadas en la práctica de artes marciales. La pieza daba la impresión de estar situada dentro del bosque, gracias a un gran ventanal que permitía la vista panorámica e iluminaba el dojo. En medio de la sala, el tatami cuadrangular marcaba el espacio de entrenamiento. En la única pared, pude observar varios reconocimientos, trofeos y premios.
Caray, eres todo un maestro.
-Soy sensei en aikido. Practico a diario.
-Debe ser muy relajante practicar en este dojo.
-Es incluso excitante – dijo, sin aclarar a qué se refería. Pronto sabría por qué.
Me imaginé por un momento su cuerpo fibroso, moviéndose por aquella amplia sala haciendo sus rutinas de Aikido y ese pensamiento me exaltó. Me excitaba pensar en su cuerpo, me sentía atraída por él en la misma medida que lo sentía frio y lejano, una lejanía que se transformaba por minutos, en los que parecía salir de su ostracismo para acercarse o besarme la mejilla y llamarme Su. Como me decía cariñosamente.
– El te nos espera, te hará bien para lidiar con el calor. Dijo guiándome hacia el salón, -uf si hubiera sabido con qué calor yo lidiaba me habría puesto en apuros-. Nos sentamos en unos cojines, alrededor de una mesita baja que ya tenía dispuesta encima una jarra humeante. Pequeñas tazas carentes de aza y un tarro de un polvo verdoso, completaban el cuadro. Primero lo sirvieron a él, un par de cucharadas de ese polvo y el agua hirviendo encima, luego fue mi turno. Yuni tomó un sorbo de su humeante taza y yo hice lo propio a mi turno, un sabor amargo y el aroma claro de jengibre se me mezclaron en las sensaciones y se hicieron mueca en mi rostro. Yuni se rio.
- Su, qué cara has hecho. El sabor del té verde es fuerte, más combinado con jengibre, pero te sentirás bien, luego de tomarlo. Y siguió tomando su bebida. De tanto en tanto nuestras miradas se cruzaban, muchas cosas pasaban por mi cabeza. Pasaría algo entre nosotros, le pasaría a él como a mí. Pronto debería volver a mi hotel y sería hora de pasar la página y no pensar en estas cosas. Como adivinando Yuni me dijo, espero que me concedas el placer de aceptar mi hospitalidad y quedarte a cenar, he enviado a Oki a buscar tu equipaje a tu hotel, así no tendrás preocupaciones. Me quedé sin palabras, no esperaba que se tomara tales libertades, a la vez tenía yo ganas de extender mi visita.
– Pero Yuni, yo debo comunicarme con Oscar y me incomoda un poco que un extraño recoja mis cosas. – Disculpa, Su. No pensé que te incomodaría, confío tanto en Oki, más que mi asistente, ha sido también mi maestro. Le confío todo lo verdaderamente importante. Acepta mis disculpas, por favor. Y por comunicarte con Oscar, no habrá problemas, ven conmigo.
Introduje mi clave en la computadora y enseguida le envié un mensaje a Oscar, deseando encontrarlo y a la vez temiendo su reacción si supiera dónde estaba. Nada, Oscar no aparecía, pero de pronto un mensaje de Ángel en un cuadro de dialogo.
-Hola, cariño.
-Hola cabroncete
-Así nos llevamos, putita,
¿no me extrañas?
-Ummm déjame pensarlo 
-Dónde estás, que tu novio anda por allí medio triste, medio perdido.
-Estoy en Japón
-Mmm. Una geisha!!
-Jajaja ya quisieras verme, parezco casi una geisha.
-Igual de puta, preciosa?
-Sólo contigo, cariño
-Qué suerte tengo
-Suerte, si me vieras, pero como no me ves, creo que tu estrella te abandona
-Mmm quieres que te vea, qué tendrás en esa cabecita, mi niña… seguro el capullo de tu novio ni se entera en qué andas.
-No tiene nada de qué enterarse, aun
-AUN, mmmjummm 
-¿Quieres verme?
-Ya tardas…
Ángel aceptó la webcam y la imagen de la pantalla me mostraba vestida en aquella bata de seda, las preguntas e insinuaciones de Ángel, lejos de exasperarme, me excitaban. En lugar de convencerme de permanecer fiel, me alentaba a probar la “katana” del samurái y entre risas y cachondeo me convenció de modelarle vestida en aquella bata.
-Andas sin brasier!! Seguro tampoco llevas bragas.
- si llevo, no seas tonto
- no te creo.
Y tal como era habitual con Ángel, me puse de pie para que me pudiera ver y dejé caer hacia atrás los hombros de mi bata, pudiendo él apreciar la desnudez de mi busto. La sorpresa de Ángel no se hizo esperar. Leía en la pantalla, “Muéstrame las bragas” y abriendo la bata bajo el cinturón, lo dejé ver que sólo portaba la tanga, desde ya empapada, cosa que no pasó para nada desapercibida.
–Te dejará bien follada, no se eximirá de nada, putita. Me dijo con malicia, mientras yo acomodaba mi bata.
– Qué dirá el capullo si se entera, porque se va a enterar o ¿se lo ocultarás?
Me sonrojé. Aun no sabía si le contaría o no a Óscar. Tampoco podía saber si habría algo que contarle.
– Cómo me gustaría estar allí y ver qué sucede, promete que me lo contarás todo a tu regreso.
-No pasará nada, Yuni ni me presta atención. Es decir, es muy atento, pero sólo eso.
-Pues para no prestarte atención, va rápido el chino ese… el cabrón ya te tiene desnuda, en su casa y hecha un charco. Tendría que ser idiota para perder esa oportunidad.
-Juzgas a todo mundo por tu propia medida y además no es chino.
-Mañana quiero que me digas si me he equivocado o no. Por lo pronto me mataré a pajas con tu imagen de geisha.
Dicho esto se despidió y se desconectó, dejándome sola con mis dudas y expectativas sobre mi velada con Yuni y sus deseos de retenerme en su casa, esa noche. Las evidencias de la humedad en mis bragas, mis pezones en punta, mi estado de nerviosismo y excitación general, me decían que Ángel tenía razón.
Sin embargo, yo no deseaba admitirlo, si es que acaso Yuni tenía intenciones, distaba mucho de manifestarlo. Me impacientaba un poco no tener claro hasta dónde llegaba el deseo de Yuni, aunque el juego me ponía tanto, que sería capaz de masturbarme allí mismo. Suponía que él volvería en cualquier momento, aun así, mi mano acariciaba mi sexo por encima de las bragas notando la humedad, sin poder discernir si esa humedad era debida a Ángel o a mis deseos de tener algo con Yuni.
Escribí una nueva nota, dirigida a Óscar (“Cielo, lamento no haber coincidido contigo, debo desconectarme. Espero tener más suerte luego. Te quiero”) y cerré mi correo y las ventanas de chat. Me senté en uno de los cojines confortables y mullidos de esa sala y me hundí allí mientras mi mano jugaba con mi sexo, acariciándome por encima. Las piernas ligeramente separadas, mi otra mano sobre mi pecho, mientras la mano en mi sexo jugaba con mi humedad y la otra apretaba la punta de mi pezón. Aceleré mi placer deseando poder correrme pronto, acallando mis jadeos para no ser escuchada. Cerré mis piernas temblando, el sudor cubría como rocío mi cuerpo, disfruté de ese orgasmo conteniendo la respiración, con el sabor de la adolescente que se masturba escondida. Me recosté cansada, -maldito perverso- pensé sonriendo con picardía, es capaz de ponerme a mil en cualquier situación, elevar mi morbo y mi deseo al máximo.
Átame

Me invitó a seguirlo al comedor, se sentó y luego me senté. Como acostumbraba Oki sirvió primero a Yuni, un aperitivo delicioso, un licor dulce de suave sabor. A esto le siguió un caldo con hierbas, cuyo nombre no sabría repetir y luego un exótico plato de pescados y mariscos, algunas verduras al vapor y arroz. –Quizás preferirías algo de sushi, Su. Mirándolo con cierta reserva le dije que el problema era que mi falta de destreza con los palillos. – No te inquietes, me dijo, a partir de hoy se te hará más atractivo comer con palillos.
Me enseño a usarlos y comimos entre anécdotas y otras historias, sobre mi viaje y su vida en Japón. Y ya bien comidos me invitó a dar un paseo por el jardín, que de noche se perdía en la oscuridad, apenas iluminadas por una camino de lámparas de papel. La noche recién comenzaba y mis dudas seguían en aumento, a pesar de mi disponibilidad, Yuni parecía indiferente. Le pregunté: –Hace mucho que viven juntos tú y Oki? Él se detuvo, parecía sorprendido y hasta un poco disgustado. De inmediato me di cuenta que había tomado mi pregunta como una insinuación. Me apresuré a corregir, pero Yuni me interrumpió. Tomó mi mano derecha y me dijo, con una voz calmada, pero firme. –Mis ojos son tan fríos como cenizas muertas pero mi corazón arde como el fuego y dicho esto dirigió mi mano a su sexo duro. No creas que no te deseo, Su. La evidencia de su excitación me dejó temblando, mi mano en su sexo deseaba acariciar aquella dureza venosa. Mis ojos se clavaron en él, el suave temblor de mis labios, mi respiración ansiosa, mi mano en su sexo, su mano en mi mano y entonces me atrajo hacia él apretando mi cintura y me beso profundamente, con la pasión que presentía y el deseo que anhelaba. Sus manos se posaron en mi espalda y me acaricio de arriba abajo, como testando mi carne. Su boca en mi boca, comiendo mi lengua, qué mejor postre.
Su mano derecha se posó en mi pecho, gimió –mmm- delicioso, de verdad tocarte es delicioso. Quisiera poseerte, Su. Las palabras de Ángel en mi cabeza, la cara de Oscar, la necesidad de serle infiel con otro, de dejarme llevar, de vivir el momento, puso todo a favor del deseo de Yuni. –Yo también te deseo. Su, tengo gustos algo excéntricos. ¿Te atreverías a probarlos? -dijo mientras continuaba acariciándome. Yo me debatía entre mi curiosidad y mis miedos. Tenía bien sabida mi manía de poner límites y sabía también que cuando Ángel me llevaba a superarlos era cuando yo más disfrutaba. –¿A qué gustos te refieres? –Deseo amarrarte al estilo japonés-. Giró mi cuerpo entre sus brazos se situó detrás de mí y pasó sus manos por encima de mis senos, luego por debajo, luego hacia mi vientre y mi sexo, mientras me explicaba que al pasar la cuerda por esos centros de energía, desbloqueaban los puntos de placer. Yo estaba derretida entre sus brazos, mientras su voz hablaba a mi oído y él contaba como las cuerdas de arroz van presionando poco a poco los labios y mi sexo y su mano iba tanteándolos por encima de la bata. Hasta que de una voz salió, casi ajena, apenas un gemido que le pedía a Yuni. –Átame. En el acto se separó de mí y caminó hacia el dojo.
Kimbaku

Oki abrió la maleta que contenía una serie de cuerdas de diversos tamaños y colores. Yuni extendió su mano hacia mí y me ayudo a levantarme, dijo algo a mi oído en japonés y me dio un beso entre la oreja y el cuello, ese gesto tierno me estremeció, tomó mi brazo derecho y lo llevó hacia atrás y luego el izquierdo, haciendo que mi mano derecha, quedara dentro de mi mano izquierda. Luego las ató a la altura de las muñecas, de manera firme. Volvió frente a mí y tomó los laterales de la yukata para descubrir mis hombros y mi busto, forzando la bata hacia atrás, a mi espalda. Mis senos quedaron la vista de los dos hombres, delatando mi excitación ya que los pezones apuntaban erguidos hacia Yuni. Oki acercó la siguiente soga y Yuni la pasó varias veces por encima de mis senos, sus manos guiaban el trayecto de la cuerda, haciendo erizar mi piel, al contacto de sus dedos. Tomó entonces la siguiente cuerda y ató mis senos por la parte de abajo. Con el borde de la segunda cuerda, ató en mi espalda ambas cuerdas, produciendo una presión al frente. Tomo otra cuerda que pasó uniendo las cuerdas que bordeaban mis senos y al terminar hizo una especie de nudo de corbata, que dejaba en forma de ocho, mis senos amarrados.
Se retiró para verme, mis piernas juntas, buscaban presionar mis labios vaginales, me excitaba mucho lo que sucedía, tanto que no me importaba la presencia de Oki. Se acercó y tiró de la cuerda hacia abajo, con cuidado fue tranzando con esa cuerda una especie de corpiño por mi talle, hasta terminar con otra cuerda que bajó por mi vientre hacia mi sexo. Le escuché dirigirse a Oki en japonés justo antes de hacer un nudo que al pasar la cuerda entre mis piernas, presionaba justo sobre mi clítoris. Los extremos de la cuerda se separaron en medio de mis piernas, dejando mi vagina apenas cubierta por el trocito de tela de la braga. El sudor y mis jugos se confundían en medio de mis piernas. Oki se ubicó detrás de mí y recibió ambas cuerdas, tirando de ellas y separando mis labios vaginales y mis nalgas. Gemí. Yuní fue hacia mi espalda y amarró uno de los extremos de la cuerda, a mi costado, paso que repitió del otro lado, con el otro extremo. Manteniendo mi sexo y mis nalgas separadas. La sensación era indescriptible, además estaba muy excitada, el mínimo movimiento me hacía gemir de placer, mis senos los sentía hinchados, mi sexo húmedo, la braga se hundía por momentos dentro de mi vagina, y cada que me movía la soga abrazaba mi cuerpo, cada vez más ceñida a causa del sudor de mi cuerpo. Ambos se retiraron y yo quedé en medio del tatami, de pie como podía. El solo hecho de respirar era un masaje extenso por las zonas más excitadas.
Yuni hablaba con Oki en japonés, yo trataba de mantenerme en pie, demasiado excitada par pensar, deseando que todo sucediera más rápido, deseando ser follada lo antes posible. Sentía mis senos calientes, trataba de respirar lo menos posible, ya que hacerlo me llevaba al límite, apretaba mis piernas, rozándome una con otra y la cuerda presionando mi sexo me producía un placer, llevándome al límite de lo que creía posible. Al menos eso pensaba, momentos después me daría cuenta que estaba equivocada.
Yuni camino hacia mí con una gran vara, que venía de tomar del estante, tuve miedo, pero fui incapaz de hablarle. Así que continúe de pie sin decir nada. Oki se situó trás de mí y Yuni extendió hacia él la vara. No podía ver, desde mi posición qué hacia Oki, pronto me di cuenta que amarraba la vara a una especie de polea guindada del techo. Luego Yuni se coloco también a mi espalda, sin prisa fue amarrando tiras de cuerda al pequeño corsé que había tejido antes. Sentía como pasaba la cuerda por varios puntos haciéndola deslizarse, luego paso varia cuerdas por debajo de mis axilas, hacia mis hombros, completando un arnés. Cuando estuvo listo Yuni tomo la vara y la sujeto al arnés. Oki sostuvo mis caderas para ayudarme a guardar el equilibrio, mientras Yuni ponía una cuerda al rededor, la cual finalmente, ato también a la vara. Las manos de ambos en mi cuerpo, aceleraron mis ganas. Ellos permanecían concentrados en el arnés, sin suspenderme aun. En un momento mi mirada se cruzó con la de Yuni y me hizo un guiño, en seguida, cruzó miradas con Oki y entre ambos me suspendieron. Exhalé fuerte, gemí ante la sensación de mi peso suspendido a un poco más de metro y medio del suelo. Yo habría podido decirle algo pero, cada que respiraba, sólo podía gemir, solo deseaba ser penetrada. Yuni y Oki sostuvieron mis piernas, ataron mis talones a los muslos. Todo un martirio, cuatro manos entre mis piernas, mi sexo a punto de explotar y mis ganas más allá de lo que hubiera previsto. Yuni acaricio mis muslos, hacia mis nalgas y gemí, retorciéndome entre las cuerdas. Luego ambos se retiraron, mientras yo me mecía incapaz de rozar mi sexo.
Me dejaron colgada, mecida en el aire, retorciéndome, mientras las cuerdas hacían su trabajo presionando mi sexo. Mis senos mecidos en el aire, estaban cada vez más calientes, con toda la presión acumulada, los pezones en punta, la dificultad de respirar sin los efectos secundarios, parecía que se me hacia eterno el tiempo colgada allí hasta que Yuni se acercó de nuevo. Me alzó algunos centímetros. Traía en sus manos un par de palillos, parecidos a los que se usan para comer. Tomándolos de manera adecuada, se dirigió a mi pezón izquierdo y lo presionó entre los ellos. Gemí, casi grite cuando presionó y acto seguido chupó mi seno. Sus labios se posaron en mi aureola, mientras su lengua masajeaba mi pezón y él chupaba. Me corrí, no pude evitarlo, pasó al otro pezón mientras yo aun temblaba. Luego acaricio mis senos, el tacto de sus manos en ellos era electrizante. Mis gemidos iban en aumento. Yuni buscó entonces mi boca. Lo besé sedienta, deseosa de sentir el sabor de su lengua como si sólo a través de mi boca pudiera retribuir el placer que sentía.
Yuni abrió su yukata y bajó mi cuerpo a la altura de la cintura. Jugó con su polla cerca de mi boca acercándola a mis labios, mientras yo la buscaba con mi lengua deseando al fin chuparla, sentirla dentro de mí. Al fin la apuntó a mi boca y me penetró. La chupé sin remilgos mientras él movía las caderas. Subí la vista y miré su cara, él dirigía su mirada a Oki que estaba ubicado detrás de mí. Apenas descubrí el gesto. Oki acercó sus manos a mi sexo y a medida que yo chupaba a Yuni, las manos de Oki acariciaban diestramente mi sexo por encima de la braga. Mecida entre dos hombres, casi desconocidos y disfrutando de un placer extremo que hacía retorcer mi cuerpo y jadear entre chupada y chupada. Oki sacó de su bolsillo un pequeño cuchillo y se deshizo de mis bragas… con apenas un corte del elástico, las extendió sobre mi cuerpo, hacia Yuni, que dijo a mi oído: tu olor me ha tenido loco todo el día, Su. Pero su polla ocupaba mi boca, así que no respondí y seguí chupándolo, mientras Oki seguía manipulando mi coño –ahora a su disposición enteramente-, haciéndome temblar.
Yuni liberó mi boca y fue hacia el maletín, extendiendo a Oki un objeto brillante que no pude ver, pero si sentir. Porque en mi vagina sentí entrar una a una bolas chinas, una, dos, tres cuentas, que entraban y salían de nuevo para quedar dentro dos y luego tres, hasta que fueron cuatro que se movían al ritmo de las mecidas. Yuni continuó meneándose en mi boca y yo sentía la caricia interna de las bolas que vibraban en mi vagina suavemente, chocando unas con otras. El placer era intenso, más intenso aun cuando Oki comenzó a jugar con mi ano e introdujo un pequeño vibrador. Sentía ganas de correrme, de orinar… estaba convertida en el juguete de aquel par de expertos en placer, al borde de la tortura que implica el deseo. Encadené un orgasmo con otro, seguí chupando con ahínco a Yuni, hasta que estaba a punto de correrse. Sentía mi boca hinchada, la barbilla mojada, el sudor eléctrico corriendo por todo mi cuerpo.
Yuni se colocó detrás de mí, acarició mis piernas y mis nalgas, dejó caer un par de veces sus palmas y luego tiró firmemente del cordón de las bolas haciéndolas salir todas de un solo viaje. Casi me desmayo de placer, temblé, me agité, arqueé la espalda, me retorcí, protesté, mientras mi cuerpo estaba suspendido… y fue entonces que Yuni me penetró, apuntando su ariete a mi vagina, cosa fácil después de la gran corrida que tuve. Me columpié en su cadera, su manos sostenían las mías y las movían rítmicamente, al paso que marcaban sus embestidas. ¡Oh, qué placer tan intenso! El vibrador aun en mi ano, Yuni hundido en mi coño y Oki, testigo de la escena que él aliñó. Se corrió en mi boca, creo recordar. Ya no pude más. Me follaron tantas que ni recuerdo, amarrada, estaba a su merced, fui su manjar, un manjar que se comieron ambos completo.
Al desatarme, me colocaron en la esterilla, más allá de mi propio límite del placer, estaba narcotizada por la emoción del descontrol, mis brazos permanecían atados, igual que las piernas, abiertas, con la semilla de aquellos dos hombres corriendo por mi intimidad.
Visiones morbosas
Me desataron de la misma manera parsimoniosa que me ataron, escurriendo las manos por mi cuerpo y deslizando las sogas, que una vez más volvieron a la maleta. Dado el tiempo que estuve suspendida, entre Yuni y Oki reanimaron mi circulación con un masaje tshiatsu, sentí sus manos revivir la sensibilidad de mis brazos y mis piernas, luego Yuni me llevó en brazos a su habitación, mientras Oki preparó el baño.
Me desperté en su cama. Dolorida pero inmensamente satisfecha. Noté que las sogas habían dejado surcos en mi piel, Yuni me dijo que eran temporales, cosa de horas. Luego me llevó a su tina de madera y me regaló un baño delicioso. Después cual volvimos a su cama, a disfrutar de las caricias y los besos de Yuni que volvió a disfrutarme despacio esa madrugada, en la comodidad de su cama occidental.
Me despertaron sus caricias en mis senos, no sabiendo bien, ni dónde ni con quién estaba, de pronto el roce de sus dedos produjo un pequeño dolor, al pasar por mi piel, me giro hacia él para ver qué era y notó una pequeña quemadura producto de la cuerda. Se incorporó de inmediato y desde el pasillo hizo venir a Oki. Después de la sesión me pareció ridículo cubrirme al verlo entrar, así que no me extrañó cuando se acercó a examinar mi seno. El tacto de su piel, mucho más frío que las de Yuni, puso mis pezones en punta, mordí mis labios para controlar el asomo de vergüenza que sentí. Sacó un frasquito de su yukata y aplicó ese líquido en la pequeña herida, acarició mi seno y revisó el otro para asegurarse que no había otro daño. Inclinó su cara a manera de saludo o de disculpa y luego frente a Yuni repitió el gesto de manera más severa y se retiró. Yuni se sentó al borde de la cama y dijo, lo siento Su, la herida sanaré sin dejar marca, ya lo verás, espero esto no te ocasione inconvenientes. De inmediato pensé en Oscar, en el vuelo, en el cabrón de Ángel, pero esperaba que no lo notaran, aunque sabía que en esa área no pasaría desapercibida la herida y que luego de una semana ambos querrían follar conmigo
Yuni volvió a mi lado en la cama, siguió acariciando mi cuerpo. Por momentos mi mente no estaba allí pensaba en Óscar, en la noche que acababa de vivir, recordaba entre imágenes, mientras besaba a Yuni. Lo que había sucedido luego de que me penetró, su cara, su sexo, el hecho de que en pocas horas debía estar en el aeropuerto, aunque mi mente ya viajaba a casa, a mi hogar al lado del hombre a quien le había sido infiel y a quien deseaba más que a nada en el aquel momento. Absurdamente deseaba poder contarle todo, que supiera mis emociones, que follara conmigo escuchando cómo había follado con otro. ¡Ah, cómo me excitaba masturbar a Óscar pensando en lo que hacía con otro! -Y ahora descubría también el placer de masturbar a otro pensando que lo hacía con Óscar-. Automáticamente mi mano tomó la verga de Yuni, la recorrió de arriba abajo y comenzó a pajearla. Aunque distinta en tamaño y grosor, en quién pensaba era en Óscar. Mientras miraba a los ojos de Yuni, veía el rostro de Óscar disfrutando de mis caricias, acerqué mi boca a su glande y empecé a chuparlo como sólo chupo a mi hombre, sin ninguna mezquindad, con total entrega. Sentí tal placer que no noté cuando Oki entró con el desayuno. Escuché a Yuni decir algo en japonés. No importaba, yo estaba en mi habitación chupando a mi chico. Sentí de pronto un líquido rodar por mi espalda y unas manos conocidas masajear mi carne. Seguí chupando, rápido y luego lento y hasta el fondo, como le gusta a mi chico que lo haga… Sintiendo crecer su verga en mi boca y sentía las cuatro manos de aquel par de hombres acariciarme y pensé en Ángel y terminé tocando a Yuni y a Oki, como si ambos fuesen en realidad mis chicos. La mente es una tramposa de cuidado. Me adivinaron las ganas y volví a follar con aquel par que, en ese momento, eran sólo dos pollas que me recordaban a quienes esperaban en casa. Me deleité entre sus brazos y brindé placer a sus cuerpos, hasta el momento justo de irme
Me despedí de Yuni en su salón iluminado por la luz del amanecer. Es cierto que el sol sale por oriente, y viendo el cuerpo de Yuni, supe que siempre recordaría este viaje con agrado. Oki me condujo al aeropuerto, llevaba mi maleta y sobre ella mi portátil. Se despidió de mí con un gesto ritual y al partir me entregó una cuerda de arroz plegada, atada por un lazo rojo con un sello de plomo con el nombre de Yuni en japonés. La recibí con cierta ceremonia y la guardé con celo en la maleta.
En la sala de espera no aguanté más y comencé a escribir en este diario, atesorando cada recuerdo, que no creo atreverme a poner en manos de Óscar o de Ángel. Durante el vuelo, deseaba poder abrazar a mi novio, apretarme contra su pecho, decirle que lo extrañé y guardar este secreto.
Las llaves en la cerradura son el resorte para que salga disparado a la puerta. El vuelo de regreso ha debido cumplir su horario a la perfección. Te veo cargar tu maleta por el pasillo y ya la tengo agarrada incluso antes de besarte.
- ¡Caray! Pesa más que cuando te fuiste. ¡Ni que llevarás la armadura de un samurái dentro!
Te ríes a carcajadas, mientras contemplo tu silueta, delante de mí, moverse dentro de ese traje de ejecutiva que te sienta como un guante. ¿Cómo puedes estar tan sexy enfundada en ese traje chaqueta?
Vuelvo a besarte cuando te dejas caer, con un suspiro de alivio en el borde de la cama. Te quitas un zapato con la mano y el otro con la propia punta del pie desnudo. Las medias negras siempre me ponen caliente, sobre todo si lo que envuelven son tus piernas.
- Lo primero la maleta –me dices-. Así ya puedo dedicarme toda a ti.
Protesto sin mucha convicción, pero a cambio te pido que me cuentes detalles del viaje: si han sido fructíferas las gestiones y se ha cerrado el contrato; si has comido bien; el hotel; la gente, la ciudad… Separo la bolsa en la que has guardado la ropa sucia mientras dejo que te estires en la cama como una gata perezosa, contando sus escapadas por los tejados. Guardo la ropa –tus faldas, las blusa que huelen a tu colonia preferida ya cuando salen de la lavadora. Encuentro mi regalo (¡lo sabía!) el más moderno Ipod en el que cargar tus fotos y los cientos de canciones que nos gustan y… en un rincón, al fondo en la maleta- una bolsa que me llama la atención. ¿Algo que te has comprado? Lo desenvuelvo y no hallo más que un ovillo de cuerda de tacto suave.
-. ¿Y esto?
Lo miras. Te detienes y simplemente respondes: “un recuerdo de Japón”, casi con un tono nostálgico.
Te lo entrego sin más y sigo con los últimos objetos que quedan por guardar -tu neceser de maquillaje, tu carpeta de notas y el PC de doce pulgadas de pantalla que te compré cuando te nombraron en tu cargo de directiva de tu empresa-.
Ni siquiera me percato cuando tu mano acaricia ese ovillo de cuerda como quien acaricia una reliquia antigua. Tampoco puedo adivinar que tu coño se empapa por momentos.
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A estas horas anochece en Japón. Cerca de Tokio, en una casa de madera –que una vez fue un Dojo de Artes Marciales y hoy una magnífica residencia privada- los pájaros protestan en el jardín mientras el sol se escapa lentamente con su halo de oro viejo.
Dentro, en uno de los dormitorios, sobre el suelo de madera brillante, cubierto casi por completo de alfombras de caña, Okino Haru –mayordomo del dueño de la casa- dobla con mimo un kimono rojo para guardarlo en el arcón de la ropa de los invitados. Por un instante se detiene y percibe el aroma de un perfume que no le es desconocido. Sonríe, levanta a la cabeza y ve a su sensei a través de la pared de papel de arroz que separa la otra habitación. Es la hora de sus ejercicios: las prácticas de manejo de katana que, cada atardecer de manera ritual –casi mística-, realiza durante horas. Movimientos ágiles y precisos, pero al ritmo pausado a que obligan los viejos cánones. Excelente para un extranjero –piensa Okino -. Quizás hoy tenga que recuperar las horas que ayer dedicó a otras tradiciones.



