
Acunadas en casa, las cuatro gatas, mirabamos calientitas caer los inmaculados copos de nieve en el exterior. Afuera el frío raja la garganta y congela las mejillas. La nieve se acumula y no se distingue la calle de la acera. ¡Qué bueno es estar en casa! De pronto el teléfono suena, un pedido urgente, dos gatitas en apuros esperan a mamá en la escuela. Salto de la cama y de inmediato me visto, apenas cuelgo, ya estoy cruzando la calle y corro por la acera, hundiendo mis pasos en la nieve.
Respiro congelada, helando mis pulmones en cada inhalación. No descanso hasta entrar a la escuela y recibir las sonrisas amigables de un par de pequeñas en apuros. Sintiendo que las he rescatado, se sorprenden de la hora, las tranquilizo y las abrigo para traerlas a casa, mientras llega su mamá. Mis hijas las reciben contentas y en medio de sonrisas y saludos de alegría se apoderan de la casa y yo vuelvo al espacio vacio que has dejado, a calentarte los pies en la distancia y a contarte mi aventura al oído.
Sabrás a caso, que te extraño, me pregunto cómo es que se extraña una parte de uno mismo. Mientras extraño los pops de tus mensajes, y escribo estas líneas escuchando estallidos de cotufas imaginarios, venidos de ninguna parte.


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