Tengo dos niñas, mis gatitas. Casi siempre dan muchas vueltas para acostarse a dormir. Una vez en la cama, piden ser arropadas y como siempre me piden un cuento para dormir. Con las luces apagadas y en medio de mi cansancio, pienso en alguna imagen y voy tejiendo una historia. Tantos finales posibles como el capricho y el sueño de las niñas permita. Les cuento de una imagen, donde la jirafa con su cuello largo llega hasta la luna para darle una mordida.
Si Nana, la jirafa se ha comido la luna, porque creía que la luna era de algodón de azucar, y la jirafa tenía el cuello tan largo que se estiró hasta darle un mordisquito….
- Mmmm, dijo la jirafa y saboreándose, sigo comiendo…
Por eso Nanita, a veces la luna, se muestra como una sonrisa, en medio del cielo de la noche. Luego se llena, se pone jugosa, para que la jirafa se la coma a besos. Besos dulces de luna, de algodón de azucar.
- Mamá, y la luna, ¿no era de queso? -me pregunta mi Nana-.
Si, Nanita, a veces la luna es de queso, pero esa es otra historia. Y es que unos ratoncitos, se mudaron a la luna y le abrieron huequitos, por todas partes.
Jirafa de cuello largo, alta tocando la luna, tan glotona y tan traviesa a la luna se ha comido. Luna redonda y dulcita, provocadora blandita. Si quieres tú ser mi amiga, regálame una probada, de esa parte dulcita. Y ahora que están durmiendo mis gatitas caprichosas, mejor me voy despidiento, hasta la próxima historia.



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