
“Bis” no es nombre para una gata, se lo dije. Pero Ella respondió que era exactamente igual a otra gata que tuvo de niña, y “Bis” se quedó; no seré yo quien le cambie el nombre ahora.
Tenemos una tendencia innata al antropomorfismo, de manera que pensé en alguna ocasión que lo lógico sería que la gata estuviera loca por mí, en agradecimiento a que fui quién la recogió medio muerta del felpudo una noche, a un palmo de la nieve. Pero no: la gata es (era) de Ella.
Los primeros días sin Ella los pasaba sentada frente a la puerta de entrada. Esto no era nuevo en la gata, pero nunca lo había hecho durante tanto tiempo. No es que estuviera todo el rato, no, pero sí a veces. Y siempre, cuando Ella llegaba de trabajar, la gata debía presentirlo, y cuando abría la puerta, la gata estaba esperándola detrás.
Conmigo no hace eso, ¡quiá! Eso sí, la mayor parte de las veces, si la llamo al llegar a casa, la gata abandona esos misteriosos quehaceres a los que se dedican los felinos, y condesciende a enarcar el lomo y frotarse contra mis piernas. Pero nada comparado con las carantoñas que le prodigaba a Ella cuando regresaba.
Claro que estoy pensando que yo entro desde el garaje, por la puerta que da al sótano, no por la principal como lo hacía Ella, y puede que esto marque alguna diferencia para su pequeño cerebro felino.
Llegué hasta a formular una teoría: no es que la gata esperara por Ella, sino que de seguro cree que, si se pone ante la puerta, Ella la abrirá. Entre otras cosas, porque nunca lo hacía cuando Ella estaba en casa.
Cuando se lo dije, se echó a reír, y me dijo que yo tenía mucha imaginación. De veras, estaba convencido de lo que decía, pero sonreí como si hubiera sido una broma mía. Si Ella pudiera ver ahora que la gata se pasa horas ante la puerta cerrada, quizá no estaría tan segura de que son solo imaginaciones.
Bis no sabe que Ella no volverá a entrar por esa puerta; yo sí.
Ella (entre otras muchas cosas) compró tres pequeñas pelotas de goma blanditas, que le lanzaba a la gata, y era graciosísimo ver las cabriolas que hacía para cogerlas cuando Ella se las lanzaba al otro lado del salón. En un par de días, Bis había aprendido a traer la pelota entre sus pequeños dientes, y la dejaba a sus pies –a veces se subía al sofá y la dejaba a su lado– para que volviera a lanzársela, y así se pasaban las horas muertas mientras, después de cenar, yo leía el periódico con la televisión como ruido de fondo.
Las pelotas fueron desapareciendo. Yo las busqué por todas partes, pero no pude encontrarlas, y Ella compró otras tres, que desaparecieron igualmente. No sabemos donde las esconde la gata, porque cada noche aparecía con una pelotita en la boca, y le pedía a Ella con sus vivarachos ojos dorados esperanzados que se la lanzara.
Hace dos noches apareció con una pelota entre sus fauces, y la dejó sobre el sofá, en el lado donde se sentaba Ella; no lo había vuelto a hacer desde que Ella falta. Yo le lancé la pelota varias veces, y siempre la gata volvía a dejarla a los pies o encima del sofá, pero en SU lado, y se quedaba mirando el asiento vacío hasta que yo continuaba el juego. Se cansó enseguida, y se subió al sofá. Nunca me ha gustado que lo hiciera, pero Ella se lo consentía, y no tuve corazón para echarla de allí.
Bis no sabe que Ella no volverá a sentarse allí; yo sí.
El armario. Todos los gatos son curiosos por naturaleza, y a Bis le encantaba meterse dentro a la menor oportunidad. Una vez la sorprendí trepando a base de garras por uno de mis pantalones, y a partir de entonces no se lo consentí. Me bastaba con darle una voz (Bis, ¡no!) y la gata saltaba al suelo con ojos asustados.
Anoche dejé entreabierta la puerta del ropero, mientras me lavaba los dientes antes de acostarme. Cuando volví, la gata estaba frotándose contra unos pantalones de Ella, y se me saltaron las lágrimas.
Bis no sabe que su hermana vendrá uno de estos fines de semana a llevarse sus cosas, y en el armario solo quedará mi ropa; yo sí.
La cama. Aún menos que el sofá, no me gusta que los animales compartan la cama con los humanos; me parece antihigiénico. La gata esperaba hasta que yo apagaba la luz, y entonces se subía en SU lado de la cama, y yo hacía como si no me diera cuenta.
La primera noche sin Ella, Bis se subió a la cama, esta vez con la luz encendida, y se tumbó en el lado donde dormía Ella. Tampoco tuve corazón para hacerle bajar. Desde hace unos días, cuando apago la luz, la gata se arrima a mis piernas, y siento su calor a través del edredón.
Bis no sabe que ese lado de la cama permanecerá siempre vacío; yo sí
¿Terminará Bis olvidándose de Ella? No lo sé.
Yo no podré olvidarla.
Escrito por: Charlie Witter



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