
Reviviendo memorias, frente a los álbumes de fotos de la infancia, mil años de historias se atropellan en mi cabeza. Pobres pero felices, eso nos define bien y unidos, como uvas al racimo y racimos a la vid.
El compromiso de cuidarnos unos a otros, de camino a la escuela, en la mañana y en la tarde y de vuelta, los juegos furtivos en la plaza de la parroquia, correr desnudos por la terraza de la casa, sintiendo el sol tropical arder a nuestros pies, en el piso de terracota.
Los juegos a la casita, bajo la mesa del comedor, el cepillo de frisar era nuestro televisor, y las sábanas de la cama de mi mamá eran las paredes improvisadas de la tienda de campaña, donde reproducíamos algo que conocíamos bien: la familia.
Como una seguidilla en fila india, desde el mayor al menor, cada uno con su pareja, íbamos de dos en dos, 3 pares, media docena. Mi mamá, aun nos cuenta para ver si estamos completos y hoy se dice, qué poquitos, sólo son seis… pero en una época, cuando el mayor tenía doce, los pocos éramos mucho con qué lidiar. 12, 11, 10, 7, 4, 1 no es nada fácil, lo sé.
Dos tríos de necesidades, dispares, complejas, media docena de abrazos, una docena de manos, que juntas conforman mi red. Y van quedando los chicos, los hijos de la Lopera, que aun no llegan a seis; aun creciendo separados, se han aprendido a querer.
Las caritas de mis niñas, se preguntan curiosas, si es cierto que su mami fue niña, alguna vez, más sorprendidas aun, al verme junto a sus tíos, corriendo, jugando, alegres, llorando en alguna foto, y entienden pronto un mensaje, encriptado y misterioso, pues cuando sean grandes, también miraran atrás y se recordaran como ahora, pequeñas en un continuum que nunca terminará.


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