
Allá va corriendo Nana, hacia el mar, como Alfonsina. Mi niña adora el mar, es lo que más extraña durante el largo invierno. Sus piesítos morenos se hunden en la arena, su cabello ondea al viento, quien juega a enredarlo. Sus hombros enrojecidos libran una batalla contra el sol.
La veo de perfil y me recuerda una postal de Sarah Key, de Holly Combs, su vestido de colores vivos, tiene unos peces que añoran nadar… Se voltea, me mira y sus ojos tienen un brillo especial, una invitación, una súplica.
- Ven mi niña, mete el protector solar. Le digo.
- Mamá, ya voy. -Protesta- Sin embargo no se mueve. Sus pies están clavados en esa arena blanquita, que se levanta y se pega a su piel, dibujando destellos multicolores.
De pronto, viene corriendo, apurada, se quita su vestidito y se para frente a mi con los brazos extendidos en cruz para que le rinda honores, bañando generosamente su cuerpo de protector.
Su piel suave y morena, va desapareciendo bajo la capa blanca del protector, tras unos minutos que para ella son horas, está lista para nadar en la mar. Busca su flotador y se enfila hacia la orilla, aguantando el suplicio de la arena ardiente bajo los pies. El mar la recibe agradecido, baña sus pies con su suave oleaje, con su rítmico movimiento la invita a lanzarse al agua, mientras yo la miro y espero. No mucho, apenas un momentito y mi Nana mete un grito: – Mami ¿te metes conmigo? No es una invitación, lo se, es la más estricta orden, que dicha por su boquita, es aun dulce melodía a mi ego de mamá.
- Ya voy hija, -le respondo- Que aun me falta Daniela.
- Tranquila mamá, yo puedo sola y prefiero jugar en la arena, mientras tanto.
- Esta bien, ya voy. Y me quito el vestido para reunirme con ella.
Ya en la orilla con mi Nana, nos metemos en el mar, esa agua transparente, bien parece una piscina. Al contacto con el agua, las dos damos un respingo, nos reímos las dos al tiempo y ya no me puedo aguantar y me sumerjo en el agua salada del mar Caribe. Mi Nana flota en la superficie, mientras mami se entretiene mirando los peces pasar. Cómo es clara el agua aquí; bello, azul e infinito el cielo, que no se refleja en el mar para no enturbiarlo. Los corales por montones, aparecen ante mi mostrando sus vidrieras de colores, donde van de compras múltiples peces y hasta un pulpo travieso.
Como Nana es impaciente, subo pronto, tomo aire y la remolco hacia lo hondo hasta donde toco fondo. Esa es la medida, no más allá. Nana ríe emocionada, porque está “donde los grandes” y yo me deleito en su risa, en sus dientitos pequeños, en sus ojitos oscuros y en los granitos de arena que se han trepado a su pelo.
Nana me comienza a hablar, me dice que en el mar hay tiburones, que se comen a los peces, que los tiburones son malos, pero poquito, porque ellos tienen que comer. Me río de su claridad, de su inocencia, de la simpleza con que ve el mundo mi nena de 4 años.
Me habla de sol, de las nubes y de pronto me pregunta, mami ¿quién mueve el mar?, me volteo a mi derecha buscando un oceanógrafo o al menos un biólogo, pero no hay suerte, tendré que inventarme una. Le hablo de las corrientes, de la luna, de las mareas, del viento en la superficie, creo que no la convenzo, porque me cambia de tema. Uff respiro aliviada, pero en el cambio de tema no salgo tan bien librada, le interesan las sirenas, sean princesas o no, si las niñas pueden ser sirenas y princesas a la vez, porque ella ha visto que Ariel, es niña y también princesa y es sirenita seguro. Me río y la miro, los niños son de otro mundo, tan diferente del nuestro, pero sin duda más divertido, para los ojos de quien quiera echar un vistazo.
Volvemos hacia la orilla y me mira pensativa, una sombra de tristeza surca por su pensamiento, su boca se abre, su voz fluye y me pregunta: “volveremos aquí algún día”, pronto le digo que si, que no lo dude ni un instante.
Es que no está fácil, despedirse de tanta belleza, mucho menos cuando en casa nos espera un invierno que suele durar 180 días, con sus noches que comienzan a las 4 de la tarde. Decididas a no pensar en el frío, nos plantamos en la arena y hacemos un castillo, Daniela se nos reúne con su tobito y su pala y le dice a su hermanita: “un castillo para la princesita”, con sorna de niña grande. Nana sonríe agradecida y halagada por el gesto y ordena una torre y un pozo, que nos esmeramos en construir trayendo agua del mar.
Levantamos un castillo, con una torre torcida, un pozo medio seco y dos estrellas marinas enterradas en la arena, Nana y Daniela.
Cae la tarde y como si fuese pecado el sol nos regala un atardecer, en medio de crepúsculos anaranjados y rojos. Las niñas lucen agotadas, las llevamos a la lancha, el suave vaiven de la lancha las sumerge en un sueño profundo, donde hay princesas sirenas y tiburones no tan malos, que no se comen a las sirenas porque ellas nadan más rápido.
Puede que un día ya no recuerde el color del vestido de Nana, ni los motivos de su traje de baño o el nombre de aquella playa, esas serán como huellas en la arena, que el tiempo borrará, pero se quedarán marcadas en mi memoria las sonrisas de mi niña, frente al mar, el brillo de sus ojos, esos ojitos gitanos y vivaces que esconden la explicación de las sirenas princesas y de muchas cosas más.



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